VIDA DESPUES DE LA MUERTE – Por Camille Flamarion, Paris, Francia

VIDA DESPUES DE LA MUERTE -
Por Camille Flamarion
Paris, Francia
MUERTOS QUE REGRESAN PARA CUMPLIR SU PALABRA
Esta cita para la post-vida puede adoptar 2 formas, refiriéndose la primera a la reencarnación.
Aún en vida o, más frecuentemente en el momento de la muerte, alguien anuncia a sus personas más allegadas que se reencarnará dentro de un lapso de tiempo prefijado, proporcionando unos medios que permitirán reconocer tal reencarnación.
Estos casos se dan a menudo en Asia entre los Lamas Tibetanos y ciertas formas de chamanismo.
Alexandra David-Neel cita el ejemplo de un sabio que murió describiendo con asombrosa exactitud el sitio en el cual reviviría, la época precisa en que nacería, el pueblo donde vería la luz y otros varios signos distintivos por los que sería reconocido.
En la fecha anunciada, los discípulos del Lama se presentaron en el pueblo en cuestión y no tuvieron ninguna dificultad en reconocer la reencarnación del Maestro.
Por otra parte, el niño en que se reencarnó, desde la edad de 3 ó 4 años dio tales muestras de buen juicio y saber que su anterior personalidad no ofreció duda alguna para nadie.
Pero, en realidad, esta forma de retorno después de la muerte es difícilmente controlable.
Algunos parapsicólogos brasileños, como el profesor Andrade, de Sao Paulo, ó Guy Playfair, han tratado de verificar reencarnaciones de éste tipo prometidas por los moribundos.
A pesar de lo que exponen, sus investigaciones no nos parecen absolutamente concluyentes.
Puede haber efectos de Telepatía pura o ser explicados por la tesis de Karl Jung sobre el inconsciente colectivo de estos fenómenos.
Un niño nace, por ejemplo, algunos meses después de la muerte de una persona que ha prometido reencarnarse en un plazo determinado y a varios kilómetros del lugar donde murió.
¿Cómo no pensar en la posibilidad de que el difunto proyectara en el espacio todas las informaciones necesarias, de modo que una mujer embarazada pudiera captarlas e integrarlas?
Como quiera que se admita que en la telepatía no existe el tiempo, al menos como nosotros lo concebimos, esta hipótesis es mucho más simple que la reencarnación.
Para el profesor norteamericano Ian Stevenson, esta promesa de reencarnación cabe dentro de lo posible.
Con motivo de una entrevista que le hizo una revista italiana de parapsicología, pretendió haber descubierto todos los medios de mantenerla.
Ha asegurado que después de la muerte se podría–y él sería el primero en hacerlo-, Reconocer la nueva vida en otro ser.
Pero le falta todavía aportar la prueba de tal afirmación.
Siendo así que esta prueba debe pasar forzosamente por su muerte, no seremos nosotros quienes se la deseemos para ver con mayor claridad este asunto.
La segunda forma de la reencarnación es, a la vez que mucho más corriente, también mucho más controlable.
Se trata de la conocida historia de 2 personas que un día se ponen a hablar de la muerte y de una eventual sobrevida.
Entonces en un momento cualquiera, hacen una apuesta el que muera primero se compromete a volver y a decir al superviviente lo que pasa en el otro lado.
El folklore y las tradiciones populares están llenos de anécdotas semejantes.
Es muy frecuente que los interlocutores lo tomen como una provocación, como si la promesa de realizar, al menos una vez, el viaje a la inversa implicara una noción de sacrilegio.
Por otra parte, la mayoría de las veces las cosas discurren bastante mal; el que vuelve está en el infierno, sufre 1000 tormentos a causa de su escepticismo en ésta vida, paga muy cara su estúpida apuesta y viene invariablemente a conjurar a su amigo que aún está en la Tierra para que se enmiende.
El primero en estudiar estos retornos prometidos, -y el único en hacerlo de un modo muy general- Fue el gran investigador Camille Flammarion.
En sus diversas obras sobre el tema de la vida después de la muerte y las manifestaciones del más allá, cita cierto número de casos, debidamente verificados, que merecen mencionarse.
Para él, en efecto, tales testimoniales de la post-vida entran en una consideración aparte.
La gran mayoría de estos fenómenos no se producen más que una sola vez.
El muerto mantiene su promesa pero no volverá a aparecer, contrariamente a lo que ocurre con otros difuntos a los que se atribuye haber establecido un auténtico puente entre nuestro campo de realidad y el suyo.
En los ejemplos registrados por Camille Flammarion, la noción de infierno y sacrilegio ha desaparecido.
El muerto vuelve, indica que existe un más allá y desaparece de una vez por todas.
El investigador se pregunta, entonces, si la visión no es un simple fenómeno alucinatorio en el que la persona superviviente hace surgir de su inconsciente ó de una “zona límite” de sí mismo una imagen subjetiva de la persona difunta.
Esta sola objeción elimina ya un número importante de casos tendenciosos.
Pero:
¿Qué hay que pensar de las manifestaciones en las cuales el sujeto viviente no conoce la muerte del otro?
¿Cómo explicar que varios testigos vean al difunto?
La hipótesis alucinatoria aquí no puede sostenerse y hay que admitir la de la Sobrevida y de la promesa mantenida más allá de la muerte.
Camille Flammarion cita diversos ejemplos analizados de cerca por él y que considera concluyentes,
“Una de las apariciones más notables entre todas las que he coordinado desde hace largo tiempo es la del amigo de lord Brougham, contada por este mismo eminente personaje.
Jamás se ha formulado ninguna duda sobre la exactitud de éste recuerdo que se remonta al mes de diciembre de 1799.
El futuro político y célebre historiador inglés sólo tenía pues 25 años y realizaba, a la sazón un viaje por Suecia.
Aquella noche, el joven político inglés no se hallaba en estado febril ni colérico.
Había llegado a una excelente posada y, mientras esperaba la cena, tomó un baño caliente.
En tales circunstancias, nada puede explicar una eventual alucinación.
En la High School –escribe Flammarion- había tenido un amigo llamado G.H. a quien quería y estimaba particularmente.
Los 2 habíamos hablado alguna vez de la inmortalidad del alma.
Un día cometimos la locura de redactar un contrato, escrito con nuestra sangre, en el que decíamos que aquel de nosotros que muriera primero volvería para manifestarse al otro y disipar la duda que pudiera abrigar respecto a la continuación de la vida después de la muerte.
G.H partió a la India y yo casi olvidé su existencia
”Aquella noche en la posada sueca, mientras se aprestaba a salir del baño estaba tranquilo y relajado…
“Dirigí la vista a la silla donde había dejado mis ropas y ¡cuál no fue mi estupor al ver sentado en ella a mi amigo que me miraba tranquilamente!
No puedo decir como salí del baño porque, al recobrar el sentido, me hallé tendido en el suelo”
A su regreso a Edimburgo, el joven lord recibió una carta de las Indias, anunciándole que algunas horas antes de la visión su amigo G.H. Había muerto.
No había tardado mucho, pues, en presentarse a Brougham para respetar su contrato.
Merece ser recordado otro caso registrado también por Camille Flammarion porque pone en escena a unos eclesiásticos católicos y su testigo principal fue, por añadidura, un hombre de lo más escéptico en cuanto a este tipo de manifestaciones.
Se trataba del canónigo Bouin, sacerdote de Douzen, en la Dordoña.
El buen cura explica en su carta al sabio que uno de sus amigos creía firmemente en el retorno después de la muerte, de ciertos difuntos que así lo habían prometido.
Como el lo dudara, su amigo se comprometió firmemente ante él a volver en el caso de que fuera el primero en morir.
Cuando nos separamos –escribió el canónigo Bouin-, nadie pensó más en ello.
Seis meses después, una tarde de febrero, mientras yo estaba en la iglesia arrodillado en una silla sentí en la espalda una palmada brusca, tanto, que me hizo inclinar hacia delante.
Me volví inmediatamente para ver de donde provenía una familiaridad tan fuera de lugar, pero constaté que no había sido ninguno de los presentes, ya que la persona más cercana estaba por lo menos a unos 6 metros”
El buen sacerdote se acordó de que su amigo le había prometido manifestarse de éste modo tan cordial después de su muerte.
Se enteró de ella unos días más tarde.
Por su parte el doctor Bozzano narra una curiosa historia de pacto a propósito de manifestaciones póstumas.
Tres estudiantes de medicina, los hermanos Kinnaman y un tal Adams, decidieron un día que si uno de ellos moría, los demás tendrían derecho a conservar su cuerpo con fines de estudio.
Pero sería preciso que el cadáver y más tarde el esqueleto, permaneciera siempre custodiado por amigos, de lo contrario, el difunto tendría derecho a acudir para quejarse.
Sobre esta cláusula Adams se mostró especialmente puntilloso.
Fue el primero en morir.
Su esqueleto se conservó y todo marchó bien mientras estuvo en el despacho de médicos allegados o amigos.
En 1849, los huesos de Adams fueron relegados a una buhardilla.
Empezaron entonces los ruidos extraños en el desván, los pesados pasos en la escalera que conducía a él, golpes en la pared del despacho…
También parecían oírse quejas y gruñidos de descontento
Cuando el esqueleto fue colocado en un ambiente más digno, estas manifestaciones cesaron inmediatamente.
Y según la investigación llevada a cabo por el profesor James Hyslop, hacia 1874 los restos pasaron a otro miembro de la familia que los trasladó a un sótano usado como almacén de materiales de construcción.
Los obreros que diariamente acudían a trabajar ignoraban lo que ahí se había depositado y, con mayor razón, el pacto firmado por Adams.
Al cabo de algunos días ninguno de ellos consentía en bajar al sótano.
Efectivamente, ahí se oían ruidos inexplicables y amenazadores, gritos sordos, golpes en las paredes, en fin, un alboroto de todos los demonios.
Estas manifestaciones sonoras iban acompañadas de desplazamientos y roturas de objetos.
Todo esto cesó cuando el esqueleto fue de nuevo colocado en el despacho del médico. Hyslop
Siguió la historia de los restos de Adams hasta el año de 1900 aproximadamente.
La familia Kinnaman, que ha practicado la medicina de padres a hijos y de tíos a sobrinos, seguiría siempre en respetuosa posesión de los huesos objeto del famoso pacto.
Actualmente, se pueden leer en la prensa historias muy parecidas, pero por desgracia, no parece que ningún investigador serio se haya interesado por ellas de una manera tan sistemática como Flammarion y Bozzano.
Es una lástima porque se trata de un campo de estudio extremadamente rico que aportaría elementos preciosos a los estudios destinados a desentrañar los fenómenos de la “Vida después de la muerte”.
El último MENSAJE DEL MARQUÉS
El marqués de Rambouillet bromeaba en cierta ocasión con su amigo y compañero de armas el marqués de Percy sobre la verdad o mentira de las cosas que suceden en “la otra vida”
Y convinieron en que el primero que muriese vendría a ver al otro para contarle las cosas que viera estando difunto.
Tres meses más tarde, el primero marchó a Flandes para guerrear por encargo del Rey Luís XIV, y el marqués de Percy quedó en Paris aquejado por una enfermedad.
Habían pasado unos 2 meses, cuando a eso de las 6 de la mañana Percy escuchó moverse un día las cortinas de su cama y descubrió detrás de ellas a su amigo, con capote y botas.
Brincó rápidamente de la cama, manifestando su alegría y el deseo de abrazar al recién llegado, pero éste se hizo para atrás y manifestó que había muerto la víspera en el fragor de la batalla, y que sólo venía a cumplir con su promesa.
Añadió que todo lo que se decía de la otra vida era verdad.
Percy creyendo que el otro se estaba burlando, lanzó una carcajada, y siguió avanzando.
Precisamente en ese instante el marqués de Rambouillet se desvaneció en el aire.
El asombrado joven lanzó un grito y al momento acudieron varios sirvientes, y al explicarles éste lo sucedido le miraron como si estuviera loco.
Pero días después el correo trajo la noticia de la muerte de Rambouillet.
Poco tiempo después de haberse recuperado de su enfermedad y de la tremenda impresión recibida, el marqués de Percy murió en la primera batalla en la que intervino, tal y como se lo había predicho su amigo Rambouillet.
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