LOS CUENTOS DEL ABUELO «RANCHO EL PILANCÓN»

LOS CUENTOS DEL ABUELO

«RANCHO EL PILANCÓN»


Por Manuel Arturo Ortiz y Nava.

Ser visto es la ambición de los fantasmas;

 ser recordado, la de la muerte.

Autor Anónimo.

Corría el año de 1945, y precisamente en el número 15 de la calle de San Antonio Tomatlán, a cierta distancia del llamado Centro Histórico de la Ciudad de México, vivía la familia del señor Emmanuel Ortiz Florido compuesta por el padre, la madre doña Hermila Nava de Ortiz y sus 4 hijos: Manuel Arturo de 13 años de edad, Xavier Alfonso de 11 años, Alberto Guillermo de 9 años y Néstor Armando de 5 años.

Aunque la familia vivía con comodidad, no dejaba de tener ciertas limitaciones debido a lo restringido del salario que el padre percibía como empleado de la Compañía Mexicana de Luz y Fuerza Motriz, nombre con el que se conocía en aquel tiempo, a la empresa particular que manejaba todo lo relacionado con la generación y distribución del fluido energético en todo el ámbito citadino.

Como se puede suponer, no podían salir con frecuencia de vacaciones, lo cual por cierto, tenía sin cuidado a los muchachos, pues ellos de todas maneras se divertían bastante, ya que podían jugar muy bien en el amplio patio de la vecindad donde tenían establecido su hogar.

Un día como tantos, específicamente un sábado, don Emmanuel Arturo llegó muy ufano a su casa, después de haber ahorrado “unos centavos” según decía a su esposa y de tramitar ante sus jefes el período de vacaciones que por ley le correspondía; reunió a toda la familia en la sala del departamento y pomposamente le hizo el siguiente anuncio:

-Mañana domingo, nos vamos de vacaciones por un tiempo, al rancho que mis tíos tienen en Tlaxcala.

Como es fácil adivinar, éste anuncio llenó de alegría los corazones de toda la familia, pero especialmente de doña Hermila Nava que por lo regular no tenía mas diversión que escuchar la incipiente radio de entonces, mientras afanosamente zurcía la ropa de sus hijos y llevaba a cabo las aburridas y nunca bien reconocidas labores cotidianas del hogar.

Por estas razones, la señora de inmediato se dispuso a sacar los atuendos de todos los integrantes de la familia, con el fin de acomodarlos en las dos maletas de cartón que con protecciones metálicas en las esquinas, anteriormente habían comprado, debido a lo predicho por su esposo:

-Mira Hermila Nava, vamos a comprar estas maletas, ahora que están de oferta, para cuando salgamos de vacaciones…

Por su parte los chamacos fueron a buscar lo que según sus personales preferencias eran cosas indispensables para pasarla bien durante las vacaciones, y así le señalaron a su progenitora.

-Mamá, nosotros sólo vamos a llevar la resortera para cazar ratones, el yoyo, el trompo, el balero, algunos cochecitos, unas canicas y ya

-Y todo eso sólo por si no hay con que jugar en el rancho…

La señora les escuchó pacientemente y cuando todas sus cosas las hubieron reunido, se las entregaron para que les empacase junto con su ropa.

Así después de ayudar a hacer el equipaje y de haber tomado su merienda, los chicos fueron a su recámara, pero no pudieron conciliar el sueño rápidamente, pues la emoción que les producía la expectativa de las futuras aventuras, les mantuvo despiertos hasta muy entrada la noche y sólo pudieron dormir, cuando escucharon la fuerte y grave voz de su padre amenazándoles:

-Si no se duermen pronto, mañana no salimos de vacaciones”…

Al día siguiente muy “tempranito”, la familia completa ya se encontraba ataviada en la forma adecuada, de acuerdo a su modesta forma de entenderlo, para realizar su tan esperado viaje de vacaciones…

Los muchachos vestían pantalones de mezclilla azul con peto, tirantes de la misma tela y grandes botones de brillante latón, una camisola de franela a cuadros rojos y grises, abierta por el cuello y unos resistentes botines industriales marca “Ten-Pac”, obviamente con protección de un casquillo metálico en la punta del zapato.

Por su parte el papá, lucía botas tipo explorador hasta la pantorrilla, un pantalón de dril color verde olivo con las “valencianas” metidas dentro de las botas, cual si fuesen pantalones de montar y una camisa muy parecida a la de sus hijos, solo que de color azul con gris.

La señora llevaba un sencillo vestido de algodón, de color amarillo pastel estampado con grandes flores en azul pálido, un cinturón forrado de la misma tela, anudado a la cintura y un sombrero de paja tipo “Pamela”, especial para el campo.

Nuestro héroe llamó con un silbido a un taxi, que en esa época no eran muy difíciles de conseguir, pues no existía la demanda actual de ellos, todos se subieron al automóvil y se trasladaron rápidamente a la estación del ferrocarril que entonces estaba ubicada en el barrio de San Lázaro.

Llegaron a la estación con suficiente antelación a su hora de partida, ya que el Jefe de la familia, no solía llegar tarde a ningún compromiso, y siempre hacía a su estirpe la siguiente recomendación:

“La Puntualidad es un Don de Reyes”.

Así, mientras la mamá y sus hijos permanecían sentados en una las bancas de la estación del ferrocarril, el jefe de la familia, se dirigió a la ventanilla de boletos para comprarlos, fueron 3 billetes enteros para el papá, la mamá y Manuel Arturo que por contar con 13 años, tenía que pagar pasaje completo, además de otros 3 medios-boletos, para sus tres hermanos, Xavier Alfonso, Alberto Guillermo Alberto Guillermo y Néstor Armando, que como no habían rebasado aún los 12 años, todavía podían viajar como menores, pagando solo la mitad del precio del pasaje.

A la hora indicada abordaron el tren que se dirigía a la ciudad de Veracruz, buscando sus asientos en la sección de segunda clase, pues los de primera categoría, estaban reservados únicamente para los pasajeros que se dirigían directamente al hermoso puerto jarocho.

Así, subieron a los vagones correspondientes a sus pasajes, viejos furgones que sólo contaban con asientos hechos de sólidas tiras de madera, recubiertos por almohadillas en el área del asiento y en el respaldo únicamente; no obstante el incidente, cuando localizaron sus lugares, colocaron ambas maletas en las repisas superiores y correctamente sentados, esperaron con gran impaciencia que partiese el tren a su destino.

Llegada la hora de partir y después de escuchar los agudos silbidos que emitiera el ferrocarril, “cual si fueran gritos lastimeros de advertencia”, seguidos por la ronca voz del conductor, que anunciaba “Vaaa…monos”,

Empezó su rítmica marcha el convoy, ante la súbita alegría de los “chamacos” que a través de las amplias ventanas, vieron como se iban alejando paulatinamente, el andén primero y luego la estación completa, hasta que ambos desapareció de su campo visual.

El convoy se deslizaba lentamente entre casuchas de adobe, sobre una vía férrea tendida en las angostas callejuelas del barrio, por las cuales apenas si cabía el tren.

Pero no obstante la estrechez de las calles, numerosos “chiquillos” semidesnudos corrían por ahí, sin el temor de que fuesen a perder la vida: ¡Despedazados entre las ruedas del tren! Jugaban con una maltrecha pelotita de hule, entre las grandes nubes de vapor de agua que exhalaba el tren y casi en medio de las mismas ruedas…

Sin dejar de emitir su aguda voz de advertencia, el ferrocarril se desplazaba muy despacio, “como no queriendo hacerles daño”, pues la mayoría de los “chamacos” eran los hijos de los trabajadores del ferrocarril que vivían en vagones estacionados de manera permanente en las vías colaterales.

Al fin el tren dejó la gran ciudad, y acelerando en forma paulatina llegó a su velocidad de crucero trasladándose rápidamente por la campiña, y pronto el rítmico “traca-traca” de sus ruedas y el hecho de haber estado despiertos a deshoras la noche anterior, actuaron como somníferos para nuestros pequeños héroes, que se durmieron plácidamente recargados los unos en los otros.

Al llegar a la intermedia estación de Apizaco, en el estado de Tlaxcala, la súbita detención del convoy y los agudos gritos de las vendedoras de alimentos que pregonaban su mercancía al son de:

-Tome sus tamales calientitos, marchantito, tengo de chile, de mole y de azúcar…

Un poco más allá otra de las vendedoras proclamaba su mercancía con vocecilla un tanto tipluda y destemplada, diciendo:

-Hay atole “champurrado” caliento, marchantita…

Mientras otra un poco más allá, cubierta con un blanquísimo delantal, y en forma un tanto cantarina, anunciaba su mercancía diciendo:

-Coma sus enchiladas con pollo, patroncito…

Toda una mezcolanza cacofónica de sonidos que despertaron a los chamacos y con ello, su actividad gástrica, por lo que no tardaron en rogar a su papá, que les comprase algo para comer.

Después de la mucha insistencia de los “críos” y a pesar de la gran reticencia del padre, éste terminó por ceder, pero “muy a regañadientes”, pues siempre les había advertido:

-Ya les he dicho que no deben comer nada en la calle, pues no sabemos en que condiciones de higiene lo hicieron, y esto podría ocasionarles un simple malestar estomacal o hasta una enfermedad intestinal.

Pero como las vendedoras, llevaban muy limpios sus vestidos y además subían libremente al tren, los “chamacos” no tuvieron ninguna dificultad en solicitar sus alimentos.

Así, ellos pidieron enchiladas verdes con pollo, la mamá pidió tamales de mole y atole blanco de masa de maíz con piloncillo, mientras que el papá optó por no comer nada.

Después del breve “regateo” por el precio, entre los padres y las vendedoras, éstas terminaron cobrando lo que pedían por sus alimentos, bajándose rápidamente del vagón, que en ese momento reanudaba su marcha, mientras que la familia se disponía a ingerir sus viandas.

Al final, resultó que las enchiladas estaban muy “picosas”, que el atole estaba muy frío y un poco crudo, que los tamales tenían muy poca carne, y eran casi sólo de “picante salsa de chile”, pero no obstante todo, la comida les supo “a gloria” a nuestros protagonistas, debido al hambre que para entonces, se les había despertado a todos.

Aumentando progresivamente la velocidad, el tren continuó su marcha, subiendo el ritmo de su “traca-traca”, pero ahora los chicos estaban bien despiertos, e iban admirando el paisaje que brevemente pasaba por sus ventanillas, mientras hacían comentarios ruidosos como cualquier “chiquillería” entusiasmada con el paseo.

Durante un buen tiempo, todo pasó sin novedad, con los chicos viendo pasar el paisaje a través de las ventanillas, pero de repente, el menor de los hijos Néstor Armando, quejándose ante su mamá, le dijo que necesitaba ir al baño urgentemente porque tenía fuertes dolores en el estómago, enseguida fue Alberto Guillermo quien sufrió los mismos síntomas, mas tarde fue Xavier Alfonso el que lloraba y por último Manuel Arturo era el que se quejaba de “fuertes retortijones”.

De esta manera los muchachos, formando un coro lastimero, se dirigieron juntos a la sección del vagón que servía como baño comunitario para los pasajeros.

¡Ya se podrá imaginar, estimado lector, como quedó el sanitario, después de haber sido ocupado por cuatro chiquillos enfermos del estómago!

Luego cuando todos, evacuaron lo que les había hecho daño, llorosos y contritos regresaron a sus asientos, ahí la mamá no les comentó nada para no empeorar su situación, pero su padre, aún sin estar muy alterado, mirándoles enérgicamente, simplemente les recordó lo que antes, ya les había señalado:

-Siempre les he dicho que no se debe comer nada fuera de su casa, por la mala calidad de los alimentos y la falta de higiene en su preparación…

Entre arrepentimientos y dolores estomacales y después de haber pasado un tiempo prudente, al fin llegaron a la terminal del ferrocarril en la ciudad de Huamantla, capital del estado de Tlaxcala.

En el andén de la estación ya estaban esperándoles 2 de los trabajadores de los tíos, a fin de trasladarles al latifundio, de la familia de apellido Lorança (pronunciado Loranza), de ascendencia francesa y considerada como gente acomodada de la región.

Para esto, el primero de los peones, conducía una carreta tirada por 2 espléndidos caballos, mientras que el otro montaba un buen alazán, al que llamaba “El bonito”.

El cochero del carruaje, después de recoger las valijas de la familia y ponerlas en el lugar adecuado para su transporte, ayudó a subir a las personas, sentando junto a él en el asiento del conductor al jefe de familia de nuestros protagonistas, mientras que a la señora y sus 3 hijos menores los sentó dentro del vehículo, pero como Manuel Arturo era el mayor de los hermanos, tuvo el “relativo privilegio” de montarse en las ancas del “bonito”.

Así, con toda la familia acomodada en los transportes, se dirigieron al rancho “El Pilancón”, que era el lugar de su destino, al que por cierto llegaron después de una hora de ajetreado viaje.

Al llegar a la hacienda lo primero que notaron fue que el edificio principal de la finca, tenía todo el aspecto de un fuerte militar, con sus 2 grandes hojas de gruesa madera en la puerta de entrada, la que era flanqueada por sendas almenas y filas de ventanas accesorias, en las paredes de ambos lados.

En el interior había un patio en forma cuadrada, en cuyo centro estaba una añosa fuente de la que brotaba un pequeño chorro de agua clara, mientras que alrededor de la misma, se extendía un bello jardín con setos de rosas, todo ello rodeado por un ancho quicial que daba paso a las enormes habitaciones rectangulares, que con sus altos techos hacían las veces de recámaras.

A su vez, el cuadrilátero y ancho pasillo, estaba limitado por un barandal de hierro forjado, con bastantes maceteros del mismo material, espaciados regularmente, con un tiesto y su respectiva planta de ornato dentro de cada uno de ellos, que por lo regular eran geranios de diferentes colores.

Al llegar a la heredad, la familia fue recibida con grandes muestras de aprecio por parte de los familiares del padre, con los consabidos abrazos, besos, salutaciones y las célebres preguntas de rigor.

-¡Bienvenidos a su casa!,

-¡Emmanuel que milagro que nos visitan, que bueno que trajiste a tu familia!,

-¿Cómo han estado?, ¿Cómo está todo por la ciudad?,

-Y ustedes niños, ¿como van en la escuela?

Saludaban a todos los miembros de la familia con esa forma tan efusiva que afortunadamente todavía priva entre la “gente de razón” de la buena provincia mexicana, y pese a no haberles conocido previamente.

No obstante tan cariñoso recibimiento, como llegaron “molidos de salva sea la parte”, pues a las molestias propias del largo transporte en el ferrocarril, se agregaban las de su ajetreado traslado hasta el casco de la hacienda, y los malestares producidos por la mala pitanza en el tren; toda la familia “en coro” pidió irse a descansar, cosa que hicieron después de que les fueron señaladas sus respectivas habitaciones, 2 enormes galerones con varias camas, enormes roperos y techos altísimos, ó al menos así les pareció a los muchachos.

Los padres durmieron plácidamente mas o menos una hora y cuando despertaron, salieron en forma sigilosa de la habitación, pues los chicos aún permanecían dormidos, en la suya y ahora si se fueron a saludar a los parientes tal y como Dios manda”.

Estos les recibieron en la enorme habitación que hacía las veces de sala, ofreciéndoles unas copitas” del habitual destilado del maguey, conocido como mezcalito”, porque como bien dice el refrán:

Pal’ mal, mezcal,

Pal’ bien, también.

Así, mientras el papá con sus familiares le hacían los honores de rigor a sus respectivas copas, la mamá fue a despertar a sus hijos, con la promesa de una apetitosa comida.

Estos se levantaron con tal malestar general, que cuando les fue ofrecida la manutención, la rechazaron rotundamente, pues aún sufrían las molestias propias de su problema gastrointestinal en el ferrocarril.

Los familiares del rancho extrañados ante la negativa de los chicos para ingerir cualquier alimento, preguntaron por la razón de la negativa, y cuando les fue hecha la aclaración pertinente, el propietario de la heredad soltó una sonora carcajada.

Entre tanto, todos los mayores después de tomar sus aperitivos, pasaron al comedor, dispuestos a paladear la suculenta comida que para el efecto, previamente había preparado la servidumbre.

El “campirano” banquete, estaba compuesto primeramente por un buen plato de “arroz a la mexicana”, con sus chícharos, zanahorias y chiles verdes, y sazonado con sus ramas de cilantro, servido en los platos con sus buenas rodajas de huevo cocido, seguido por una excelente barbacoa de carnero, que constituye la especialidad del terruño, pues como bien dice el proverbio español:

“Dentro de un gran caldero,

Echad la buena sal, primero,

Sazonad con el romero,

Comed de los mares el mero,

y de los montes carnero.”

El aromático costillar del ovejuno fue servido envuelto en grandes pencas de maguey, sabiamente sazonado con sal gruesa de grano y salsa borracha hecha de chile “pasilla” martajado, con un “chorro” de pulque blanco para sazonar y un poco de queso fresco esparcido sobre el aderezo.

Tal manjar fue servido acompañado por gruesas, pero suaves y calientitas tortillas de buen maíz blanco, que como decían los parientes: “son de las hechas a mano en la cocina de humo”, y rematándole con un buen plato de apetitosos frijoles “charros” con su respectivo “chicharrón tronador” y su buena salsa “pico de gallo”.

Todo la comilona fue “rociada de manera conveniente”, con grandes Tornillos (vasos de verde cristal en forma de cilindros enrollados), del buen “neutle”, el pulque blanco de la región, que por aquellas épocas, junto con los bravos toros de lidia de sus famosas ganaderías, era gran productor y exportador el estado de Tlaxcala.

Así nuestros protagonistas y sus familiares, después de haber saboreado tan pantagruélico” banquete, se fueron a reposar a la sala, comentando las incidencias del mismo, obviamente acompañados de una copita del buen coñac Hennessy, que con gran orgullo guardaba en su alacena, sólo para el desempance” según decía el Tío Isauro orgulloso propietario de la hacienda.

Llegada la noche, todos se fueron a descansar a sus respectivas recámaras, y mientras los padres se durmieron rápidamente, los muchachos, como habían dormido casi toda la tarde, jugaban animadamente a “la guerra de almohadazos”, brincando sobre sus camas…

En estas se encontraban, cuando después de un buen rato llegó Domitila una de las sirvientas de la casa, a ponerlos en paz, bajo la grave amenaza de:

-Ya chamacos, ‘tense sosiegos orita mesmo”, que si no, mañana los levanto a las 5, que’s, l’ora en que yo me paro de la cama…

Como por milagro y casi al instante, cesó la batalla de “almohadazos” y después de un tiempo prudente, toda la progenie reposaba; soñando con su participación en grandes batallas en las que invariablemente, siempre ellos salían vencedores.

Al día siguiente, los chiquillos se levantaron como a las 10 de la mañana, se lavaron las manos y la cara con el agua fresca de una jofaina que había en el cuarto, se vistieron y salieron hacia la estancia que hacía de comedor, donde ya los estaban esperando sus padres y los familiares desde hacía buen tiempo, quienes ya antes habían desayunado y ahora simplemente conversaban en forma animada.

Los chicos, después de hacer los saludos de rigor a todos y cada uno de los presentes, tal y como les habían enseñado sus padres, se sentaron a la mesa, donde las “muchachas” del rancho, les sirvieron grandes tazas de atole “champurrado” es decir de maíz con chocolate, acompañadas por “gorditas” hechas de la misma gramínea, que martajadas con manteca de cerdo les supieron “a gloria”, pues como debemos recordar, los muchachos no tenían nada en el estómago, desde el día anterior, por las razones que ya conocemos.

Mientras desayunaban, llegó uno de los peones a decir que los caballos ya estaban listos para ir a recorrer la hacienda, y especialmente los “magueyales”, que eran el orgullo de la “peonada”, (conjunto de jornaleros) sugerencia que ambos padres aceptaron gustosamente, mientras que los jóvenes manifestaban el deseo de quedarse en el casco del rancho “para conocerlo mejor”, según dijeron.

De ésta forma, todos los mayores, montando a caballo, fueron a recorrer los linderos de la heredad, que por cierto era bastante grande, llegando a los limites del pueblo de Altzayanca, pues como ya lo habíamos declarado, los propietarios del rancho eran bastante “pudientes”, por lo que nuestros protagonistas y sus familiares demoraron bastante en circundarlo, habiendo regresando al casco de la hacienda, hasta bien entrada la tarde.

Entre tanto, los chiquillos habían ido a jugar a las trojes, que no eran mas dos grandes cuartos con sus techos muy altos, llenos con granos de maíz el uno y de fríjol el otro, hasta las ⅔ de su capacidad total.

Como chiquillos que eran, se pusieron a jugar, “nadando” entre las gramíneas, sin tener en cuenta el peligro que corrían, pues como se podrá entender, podrían quedar sepultados entre la gran cantidad de semillas ahí almacenadas…

Cuando más entretenidos se encontraban jugando, sin que previamente hubiesen notado nada, apareció frente a ellos en el vano de la puerta, y a contraluz, la figura de un hombre alto, fuerte, con el pelo blanco, con grandes y retorcidos bigotes, y vestido con un traje de charro de color café muy claro, casi anaranjado y botonadura de plata, botas rancheras y espuelas, que curiosamente no hacían ruido, que con voz grave y un tanto lejana, les dijo:

-Chamacos bájense de ahí,

-¿Que no ven que es peligroso que jueguen así, ya pueden morir sofocados al quedar sepultados por los granos?…

En el acto, los 4 muchachos se quedaron quietos y comenzaron a bajar inmediatamente de los montones de granos, pero como lo hacían con gran cuidado y dando la espalda a la puerta, no se dieron cuenta del momento preciso en que el extraño personaje abandonó el granero.

Como no conocían a quien les había regañado, creyeron que era un capataz o el encargado de cuidar el rancho, y así sin prestar mayor atención al hecho, se fueron a la sala a jugar con sus cochecitos, pero eso si “con la cola entre las piernas”, contritos y sin comentar nada con nadie.

Cuando sus padres llegaron a la heredad, tampoco les dijeron nada y así durante la comida comunal, mientras los mayores “yantaban”, y comentando animadamente los incidentes del paseo, los chicos comían en perfecto silencio.

No debemos olvidar que en aquella época, en toda la República Mexicana, todavía no existían las diversiones como la televisión, y la radio, todavía estaba en pañales, y como en la provincia “todo mundo” se levantaba “de madrugada” para ir a las labores del campo, obviamente solían retirarse temprano en sus habitaciones.

Ese día no fue la excepción, así que los niños, después de recibir la indicación de sus progenitores, se fueron a la recámara, donde en voz baja se pusieron a comentar lo sucedido esa tarde, en el depósito de granos.

Manuel Arturo el mayor, aseguraba que se trataba del capataz encargado del rancho, mientras que Alberto Guillermo comentaba que debía ser un gran personaje por aquello de la botonadura de plata, en tanto que Xavier Alfonso declaraba que tal vez, simplemente fuera otro familiar que no les habían presentado antes, y el menor de todos, Néstor Armando sólo escuchaba a sus hermanos mayores, pues como aún era muy pequeño, todavía no opinaba.

De ésta forma, subiendo la voz, un poco mas a cada momento, continuaban los comentarios de los muchachos, hasta que Silvina otra de las sirvientas del rancho, después de haber llamado a la puerta entró a la recámara, y un tanto enojada les dijo:

-Los patrones ya ‘stán durmiendo, así que o se callan, o los acuso con sus ‘apás…

En la misma forma que la noche anterior, los chicos se callaron de inmediato, y apagando la luz, optaron por dormir, lo que sucedió en “menos que canta un gallo”, es decir en muy breve tiempo.

Al día siguiente el Tío Isauro, les anunció que tenía preparado un viaje a la ciudad de Huamantla, para que luego de admirar las alfombras de flores y aserrín coloreado, que los feligreses extienden en el piso de ciertas calles frente a las iglesias con motivo de sus fiestas patronales, asistiesen a la “Huamantlada”, que es una fiesta taurina parecida a la que tiene lugar en la ciudad de Pamplona, España.

Al igual que en esa ciudad Europea, se sueltan los cornúpetas de famosas ganaderías, en ciertas calles de la ciudad preparadas especialmente para ello, y en medio de la alegría de algunos, el miedo de otros y la algazara de los espectadores, pasaban los toros que después serían lidiados en el gran “coso taurino”.

Los mayores de inmediato aceptaron la propuesta del ranchero, a excepción, como se puede suponer, de los chicos protagonistas, que ahora se disculparon alegando que:

-A nosotros ni nos gustan los toros,

-Mejor preferimos quedarnos en la hacienda, jugando con los tanques de guerra y los carritos de juguete que trajimos

-O con algo que encontremos por ahí…

De ésta forma tan vehemente los chiquillos protestaban, mientras que sus padres trataban de convencerlos para que les acompañasen, pero como pasaba el tiempo y no llegaban a un acuerdo, el tío Isauro propuso iniciar la marcha, argumentándoles:

-Se está haciendo tarde, y creo que ya debemos irnos, pues tardaremos como una hora para llegar a la ciudad y nos podríamos perder parte de los espectáculos.

Ante la contundencia de éste razonamiento, “todo el mundo” se dispuso a partir a la ciudad, mientras que de nueva cuenta los chicos, ante el disgusto de sus papás, otra vez se quedaron en la hacienda…

Una vez que los mayores se hubieron marchado y cuando ya había pasado algún tiempo, los chiquillos estaban mas distraídos jugando a “las guerritas”, en uno los prados del patio central de la hacienda, el cuadrado donde estaban las macetas alrededor de la fuente, retozando con sus pequeños tanques y carros de combate,

(No hay que olvidar que por estas fechas, aún estaba por concluir la Segunda Guerra Mundial),

Cuando de pronto:

Por segunda vez se les presentó el tan singular personaje vestido de charro con su traje color café muy claro, casi color naranja, pero además, ahora, venía tocado con un gran sombrero bordado, asimismo con hilos de plata, haciendo juego con su vestimenta y la botonadura, el cual al verlos jugar tan entretenidos, les habló con aquella grave voz que ya conocían y que parecía venir de muy lejos:

-Sí necesitan mas balas, sáquenlas de las macetas, ahí hay muchas…

Los chiquillos, sorprendidos por su presencia pero al mismo tiempo entusiasmados por el anuncio del extraño charro, rápidamente se dirigieron al barandal metálico del patio y escarbando en una de las macetas, efectivamente encontraron balas para rifle tipo “Máuser”, y proyectiles para carabina 30-30, que rápidamente sacaron de ahí, guardándolas ávidamente en los bolsillos de sus pantalones, hasta llenarlos por completo.

Cuando Xavier Alfonso trató de dar las gracias al señor vestido de charro, éste nuevamente, se había marchado en forma sigilosa, sin hacer ningún ruido, en la misma forma en que se había presentado.

Los muchachos no dieron mucha importancia al hecho, y mejor se fueron a buscar en las otras macetas, donde también encontraron mas balas, la mayoría un poco oxidadas, pero todas sin haber sido percutidas aún.

De nuevo, sin tener en cuenta el peligro que corrían, se llenaron los bolsillos de proyectiles, que podrían habérseles disparado accidentalmente.

Luego fueron a su recámara muy ufanos y contentos, a hacer el recuento de “su tesoro”, comentando lo sucedido y elaborando un plan de juegos para el día siguiente.

Esa noche los niños se durmieron de inmediato, sin amenazas de ninguna especie, y hasta sin merendar.

Coincidentemente, Manuel Arturo soñó con una fragorosa batalla a balazos, mientras que Néstor Armando lo hacía con angelitos regordetes que jugaban con él y sus hermanitos.

Cuando los padres llegaron al rancho, ya bien entrada la noche, de inmediato preguntaron a las fámulas por el comportamiento de sus “críos”, y de nuevo fue Silvina quien les comunicó que ahora se habían portado muy bien, que habían pasado casi todo el día jugando con sus coches y hasta creía que los muchachos estaban enfermos, porque:

-Que chistoso, fíjese señora, que los chamacos se acostaron temprano y sin rezongar, y ni tan siquiera quisieron cenar nada…

De esta forma Silvina, les comunicó el comportamiento de los muchachos a nuestros protagonistas, quienes creyendo que algo grave les pasaba a sus hijos, por ser tan rara su manera de comportarse, rápidamente se dirigieron a la recámara donde aquellos dormían.

La mamá después de haberles besado a cada uno la frente para ver si tenían fiebre, le comentó a su esposo:

-Pues los muchachos no tienen calentura…, más bien creo que cayeron muy cansados de tanto jugar o de tanto hacer travesuras y dar “guerra”.

Al día siguiente, “todo el mundo” se levantó temprano, los chicos después de rezar sus oraciones matutinas y de hacer sus abluciones diarias en la jofaina que para fin tal había en la habitación, se vistieron rápidamente, y como no habían tomado nada desde la noche, llegaron al comedor “con un filo tremendo” dispuestos a devorar lo que les pusiesen enfrente…

Mientras desayunaban, sus padres y los familiares, discutían sobre la mejor manera de disfrutar de la corrida de toros de la feria, en cuanto se pusieron de acuerdo, de nuevo preguntaron a los pequeños si deseaban ir con ellos al espectáculo taurino, y reiteradamente por boca de Manuel Arturo, recibieron la misma contestación:

-Papá, mejor preferimos quedarnos aquí,

-Aquí jugamos “bien padre”, y como ves, nos portamos muy bien.

Sus progenitores después de aceptar ésta observación, decidieron dejarles jugando en el área del rancho, mientras que junto con sus anfitriones, se iban de nuevo, a disfrutar del espectáculo taurino.

No bien se marcharon a la ciudad los mayores, los chicos se levantaron de la mesa del desayuno, para llevar a cabo lo que habían planeado con las balas guardadas en sus bolsillos…

Así mientras que Manuel Arturo y Alberto Guillermo merodeando por uno de los cuartos mas apartados de la hacienda, encontraban y recogían un grueso cilindro que nadie sabía exactamente para que se usara, pero que tenía uno de los extremos cerrado con un tapón metálico y el otro abierto, en tanto que los otros dos hermanos, Xavier Alfonso y Néstor Armando se dedicaban a vaciar las balas de la pólvora que contenían, tarea para la habían pedido prestadas unas pinzas a una de las domésticas.

Así al tiempo que Néstor Armando con las tenazas hacía girar la cabeza de la bala, su hermano Xavier Alfonso con las manos enfundadas en unos gruesos guantes que habían encontrado junto con el cilindro,  mantenía inmóvil el casquillo, hasta que lograban desprender el proyectil de la cápsula, haciendo que los pequeños gránulos de pólvora gris, cayeran sobre un periódico que habían dispuesto para recogerlos.

Entre tanto, los otros 2 hermanos, rápidamente montaron el cilindro sobre un gran trozo de polín de madera, y entre 2 gruesos tablones, fijando todo el conjunto con cuerdas y varias alcayatas que encontraron en las caballerizas del rancho.

Cuando ya tenían todo bien asegurado, la pólvora de las balas, que ya formaba un buen bulto con el papel de periódico, fue metida entre todos, hasta el fondo del canuto metálico, que los chamacos habían convertido prácticamente en un cañón.

Mas tarde, procedieron a fabricar una mecha, cosa que hicieron impregnando una de las cuerdas de un trompo con la pólvora restante; que luego insertaron por la boca del mortero, hasta llegar al bulto del fulminante, sacando una pequeña parte del pabilo, por uno de los 2 agujeros que tenía el tubo hallado.

Enseguida, se dedicaron a rellenar, mejor sería decir retacar, con mas papel el interior del mortero, taponándole al final con una piedra que empujaron hasta donde sus fuerzas les permitieron…

Ocupados en estos menesteres se encontraban los chamacos, cuando llegó la hora de tomar los alimentos, para lo que fueron llamados al comedor, esta vez por Domitila, otra de las fámulas.

Los muchachos llegaron corriendo; rápidamente se lavaron las manos, sentándose de inmediato a comer lo dispuesto por la servidumbre en la mesa, que ahora fue arroz a la mexicana con chícharos y “plátanos machos fritos”, seguido por un guisado de borrego en salsa roja que no picaba, pues según les aseguraba “Tila” la cocinera:

-Niños, prueben d’ este chilito, que al cabo ni pica, na’ mas es pa’ pintar y darle sabor al guiso.

Casi al final les sirvieron frijoles caldosos “de la olla”, junto a grandes vasos de agua de limón con “chía”, y cuando los niños preguntaron que cosa era eso, la doméstica que les atendía, les contestó:

-Son unas bolitas ‘ansina’ de chiquitinas, como semillitas que se le ponen al agua de limón, ques’que pa’cerla más fresca.

Satisfecha su curiosidad, los muchachos comieron ávidamente y “sin chistar” todo lo que les fue servido.

Cuando terminaron le dieron las gracias al personal de servicio y se fueron directamente al cobertizo donde tenían escondido su “maravilloso” artefacto.

Habiendo terminado de hacer su ¡cañón!; como estaba muy pesado, lo trasladaron con sumo cuidado y entre todos, a la parte posterior del casco del rancho, lo pusieron apuntando a un viejo paredón, a una distancia como de tres metros más o menos, y frente a él dispusieron sus pequeños carros en formación de “zafarrancho de combate”.

Después de hacerlo, Manuel Arturo el mayor de los hermanos, tomando un cerillo de la caja que para el efecto “mañosamente” se había guardado desde la noche anterior, llamó a sus hermanos y solemnemente les anunció:

-Listos muchachos, vamos a fusilar a nuestros tanques para ver si aguantan la fusilada, “abusados”

-A la cuenta de tres;

-¡Listos…, a la uuna…, a las doos… y a laas… tres!

Habiendo prendido el pabilo que hacía las veces de mecha, se retiraron a un lugar prudente y esperaron un momento mientras ésta se consumía, instantes que les parecieron eternos, pero cuando hubieron pasado:

¡Se escuchó una fuerte explosión en todo el edificio principal de la hacienda, en el campo circundante y a varios kilómetros a la redonda!

¡Simultáneamente se levantó una gran nube de humo y tierra juntos!

Los pequeños se asustaron bastante, pues no pensaron que la pólvora pudiera explotar tan fuerte, en tanto que las domésticas gritando, salieron espantadas de la casa, pensando que “alguna disgracia” había pasado.

Pero cuando llegaron al lugar de la explosión, y encontraron el gran boquete que el estallido había abierto en el grueso muro del paredón, las sirvientas se enojaron bastante y buscaron a los causantes de tal desatino.

Entre tanto los chamacos permanecían asustados y agazapados atrás de unos magueyes, pero cuando Silvina, les descubrió y les endilgó tremendo regaño, diciéndoles:

-Ora si escuincles, ya ‘tense sosiegos’, van a ver con sus ‘apás, miren nomás el chico “hoyote” que hicieron, y todo por andar con sus “tarugadas”,

-Pero “ora” sí verán la “pela” que les van a dar…

Como se puede suponer, los muchachos aún estaban bastante asustados por lo sucedido y ante la vehemencia de la regañona sirvienta, casi se pusieron histéricos, un tanto por los hechos, como por la acusación, y ahora se fueron a su recámara, temprano y sin cenar, donde se mantuvieron despiertos, temerosos y tiritando, “cual si fueran gatos recién bañados”, a esperar la llegada de sus progenitores.

En cuanto los mayores llegaron al rancho, de inmediato fueron abordados por la servidumbre que en tropel trataba de enterarlos de lo acontecido, siendo Silvina la que lo hizo, de la siguiente manera:

-Sus chamacos ya ‘stán acostados pu’s los regañamos,

Ahora fue la señora, quien intrigada le preguntó por la razón de tal regaño.

-Porque nos hicieron pasar una “muina”…

-”Quesque” ‘staban jugando, pero hicieron una tremenda malda’…

Al escuchar la queja, el padre le preguntó a Silvina exactamente que era lo que habían hecho sus hijos, que le diera los detalles, pero la muchacha, sólo se concretó a decir:

-“Pos’ qu’en” sabe qué tronaron, pero a la “pader” de atrás,

-¡Le hicieron un chico hoyote!

Sin esperar a oír mas detalles, ambos padres, seguidos de los tíos entraron a la recámara de los chicos, encontrándoles “dizque” bien dormidos, acostados en sus camas, sin pronunciar palabra y obviamente sin haber cenado.

Viéndoles de tal forma, el padre “despertó al mayor” y le preguntó al atribulado chiquillo, que cosa era lo que había pasado. Manuel Arturo, haciendo como que despertaba, comenzó por contarles de manera un tanto detallada, todo lo que había pasado desde el día de su llegada a la hacienda.

De como el extraño charro les había reconvenido por jugar en la troje con las gramíneas, y como les había indicado el lugar donde estaban guardadas las balas, de que manera se les ocurrió construir el cañón, etcétera

Habiendo escuchado esto doña Victoria, la esposa del tío Isauro dejó escapar un pequeño grito que sofocó rápidamente tapándose la boca con la mano, mientras que el tío “Isauro”, muy serio y torciendo dubitativamente las cejas, les preguntó a los demás hermanos, que obviamente ya se habían despertado.

-Muchachos, quiero que me digan la verdad,

-¿Es cierto eso que cuenta su hermano Manuel Arturo?

-¿Que se les apareció un señor vestido de charro, y todo lo demás que nos dice?

Los 4 chamacos formando un coro disonante, todos contestaron que jamás decían mentiras, pues su padre siempre les había dicho que:

“La mentira solo dura,

mientras la verdad aparece”.

Comentando a continuación que si todo hubiera sido sólo un engaño inventado por ellos:

-¿Entonces porqué se quejaron las sirvientas cuando tuvieron que barrer el maíz y el fríjol  que estaban regados por todo el pasillo de las trojes?

-¿Y como sabríamos donde encontrar las balas para poder quitarles la pólvora, y hacer nuestro cañón?

Ante la contundencia del razonamiento de los muchachos y la expectación de todos los presentes; al Tío Isauro no tuvo mas remedio que explicar los hechos, haciéndolo de la siguiente manera:

-El hombre que ustedes vieron, era mi padre don Mauro Lorança, fundador de ésta hacienda y creador de nuestra dinastía, él siempre vestía de esa forma porque era muy buen charro, muy valiente y muy “bragao”.

-En tiempos de la Revolución, allá por el ’17 (obviamente se refería al año de 1917), el país andaba muy revuelto, sobre todo contra el despótico gobierno de Porfirio Díaz y los grandes terratenientes y como mi padre era un gran hacendado, pues no tardaron mucho en darse cuenta de esto, unos “supuestos revolucionarios”.

-Una tarde, llegó el rumor al rancho que se acercaba una gavilla de aquellos revoltosos, y mi padre dispuso que todos los hombres de la hacienda, incluyendo los peones, y los jóvenes defendieran la propiedad “a como diera lugar”.

-Como el hombre era muy respetado y querido por su gente, todos aceptaron de buena gana, y fue entonces cuando ordenó que les entregaran carabinas y mosquetones, a cada uno de los varones y en general a todo el que pudiera manejar un arma, incluyendo a las mujeres.

-También, ordenó que se pusieron balas en todas las macetas, por si llegaba el caso que los abigeos entraran al edificio principal, así de esta forma los defensores siempre tendrían “parque” a su disposición.

-El 17 de diciembre, llegaron los “revoltosos” a las cercanías del rancho, y enviaron un emisario montado a caballo, con un pañuelo blanco amarrado de un palo, para hablar con mi padre, así cuando estuvo frente a él, le dijo que debía rendir la hacienda en forma incondicional, o de otra forma la arrasarían hasta los cimientos…

-Mi padre, le contestó que antes de entregarles el fruto del trabajo de toda su vida, prefería que lo mataran junto con todos los suyos…

-Después de escuchar a mi padre, el delegado volvió la grupa de su caballo y se alejó sin dejar de amenazarle.

-De esta forma en cuanto el emisario salió del casco de la hacienda, se soltó la “balacera”, los salteadores disparaban desde sus caballos, con pistolas, fusiles, carabinas, etcétera y nosotros les contestábamos igual, pero atrincherados en el casco de la hacienda.

-Como los asaltantes no esperaban encontrar tanta resistencia de nuestra parte, quedaron sorprendidos por el momento y suspendieron el ataque durante un tiempo.

-Después de haber pasado poco más de una hora, volvieron a atacarnos, pero ahora con mas fiereza, mientras que nosotros les contestábamos en forma semejante, así que caían muertos y heridos por ambos lados.

-De repente varios de ellos, algo así como unos 20, lograron entrar al patio de la hacienda, disparando para todos lados, y mi padre que estaba defendiendo a sus hijos los mas chicos, parado frente a su recámara y vestido con su traje café y su sombrero de charro, presentó un blanco atractivo para los asaltantes, que nada mas entraron al patio, luego, luego, abrieron fuego contra él.

-Como recibió una gran cantidad de balas, cayó muerto casi instantáneamente, pero mi madre sin saberlo y llorando, le arrastró para adentro de la recámara, esperando poder reanimarlo.

-El fuego siguió durante algún tiempo, con los peones tirando a los forajidos desde las troneras, desde las ventanas del patio y desde la azotea y estos contestando desde sus caballos, así hasta que fueron abatidos todos lo que habían entrado al patio de la hacienda, incluyendo a varios de sus jefes.

-Cuando los que estaban fuera se dieron cuenta de esto, se retiraron dejando atrás bastantes muertos y heridos…

-En cuanto cesó “la balacera”, tanto nosotros como los peones, fuimos a ver como estaba mi padre, pero desgraciadamente él ya tenía tiempo de haber fallecido…

-Mas tarde, lo enterramos en el panteón del pueblo y mi madre, guardándole el luto durante el resto de su vida, jamás se volvió a casar.

-Tiempo después supimos que las tropas federales habían copado a los ”salteadores”, que se hacían pasar por “Revolucionarios”, muy cerca de la ciudad de Apizaco y que a unos los habían matado en combate, y a los demás, les mantenían presos en espera de ahorcarlos ó fusilarlos, después de  ser sometidos a juicios sumarísimos

-A mi padre lo mataron “los roba vacas” frente a su recámara, precisamente esa donde acomodamos a los chamacos…

Nuestros protagonistas al escuchar las palabras del Tío Isauro, quedaron estupefactos, casi sin creer lo que éste les acaba de contar, luego cuando hubieron recobrado el aliento, los asustados chamacos, no deseando prolongar mas las vacaciones, de inmediato optaron por pedir a sus padres el regreso a su casa en la ciudad de México, pues temían volver a dormir en esa habitación, imaginando que se les apareciera el fantasma de nuevo.

Ante esta disyuntiva don Emmanuel Ortiz y su esposa doña Hermila Nava, agradecieron en forma cortés la amabilidad de sus familiares y declinaron aceptar la invitación para el baile de “Gran Gala”, que se llevaría a cabo el día siguiente, en el “Salón de los Abanicos” del mejor hotel de la ciudad de Huamantla.

Esa noche, los chiquillos, no obstante que no habían tenido ninguna experiencia notable en su dormitorio, ya no quisieron volver a dormir en: “esa recámara donde hasta espantan” y optaron por hacerlo en unos colchones que tendieron en el piso de la alcoba de sus padres, y así muy temprano en cuanto despertaron, pidieron a sus papás, que les llevaran “cuanto antes” a la estación del ferrocarril para regresar a su lugar de residencia.

Ante tan renuente actitud por parte de los niños, los amables parientes se sintieron un poco incómodos, pero como no quedaba mas por discutir, optaron por hacer regresar a la familia  a la estación del ferrocarril en la misma forma en que habían llegado a la hacienda.

De ésta manera, al encontrarse de nuevo en su casa, mientras el padre se incorporaba a sus labores normales, y la madre a las rutinarias actividades de la “ama de casa”, nuestros pequeños héroes, se sintieron “a gusssto” como solía decir Xavier Alfonso uno de los chavales, y dispuestos a seguir su vida ordinaria, y por supuesto estudiando, pues como bien les decía su padre:

“El estudio es la llave del éxito”.

¿Realmente sería verdad lo acontecido a nuestros protagonistas ó un simple cuento?

Estimado lector ¿Usted que opina?

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6 comments ↓

#1 Julieta on 01.29.17 at 5:01 pm

Las técnicas de relajación son un medio indispensable de educación que lleva progresivamente al dominio
de los movimientos y, como consecuencia, a la disponibilidad
del ser entero.

#2 Elvis on 02.08.17 at 2:07 am

Pues son fotografías de flores naturales bonitas con la belleza de este género de flores que
nunca te dejan de asombrar por su belleza.

#3 es malo regalar flores a una amiga on 02.27.17 at 10:05 pm

Sabemos que las flores rojas simbolizan el amor romántico, singularmente las rosas
rojas, de modo que ése va a ser el único color alegre que debes descartar.

#4 manuel on 03.07.17 at 11:22 pm

ME GUSTAN TODAS LAS FLORES INCLUSO LAS ROSAS ROJAS Y NO DESEO DEJAR DE ENVIARLAS A QUIEN YO DESEE, GRACIAS POR SU CONSEJO

#5 Latisha on 03.09.17 at 6:30 pm

Estas preciosas flores, además de desplegar
belleza, colorido y volumen, son muy fragantes y sencillas de cuidar.

#6 Lea on 11.07.17 at 2:52 pm

Y más últimamente todavía la detallada Instrucción 3/2016 de la
Dirección General de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social
establece ad intra” las directrices a continuar en el control del cumplimiento de las reglas sobre tiempo
de trabajo y, concretamente, en la realización de horas extraordinarias,
así como la implantación de sistemas de registro de jornada diaria., Los relojes de bolsillo se idearon en Francia a mediados del
siglo XV , poco tras aplicarse a la relojería el muelle espiral.

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